El árbol que quería llorar

    ―¿Por qué estás tan triste?―, preguntó un pequeño pajarito al árbol en el que, cada mañana, gustaba descansar.
El árbol bajó sus ramas, cayeron algunas hojas.
―¡Me siento tan solo. Desde hace varios amaneceres extraño a una amiga que encontró un hogar en mi ramaje. Dónde está? Estoy preocupado por ella.
―¿De quién estás hablando?
―De una mujer joven y adorable que me visitaba todos los días y desconozco el porqué. Con total seguridad y agilidad trepó por mi tronco, se acomodó en la parte más alta de mis ramas y miró hacia el mar. Al principio me preguntaba qué quería ella de mí. ¿Estaba soñando? ¿Estaba buscando algo? ¿Se preguntaba algo? ¿Se replegaba en sí misma? No encontré ninguna respuesta, pero estaba seguro de que se sentía cómoda en mis ramas y disfruté de ello. Incluso comencé a esperarla. Era feliz cuando ella se acercaba, cuando me tocaba, cuando me acariciaba. Nadie me ha había hecho nunca tal cosa, ¡Qué maravillosa sensación! Me hubiera encantado conocer sus pensamientos, sus deseos. Estoy seguro de que eran justos.
Cuando el viento arreciaba, yo tensaba mis ramas para que ella se sintiera segura y siguiese volviendo a mí. A menudo ella tarareaba canciones y melodías, sonidos hermosos, que yo escuchaba embelesado. ¿Qué significaban? No lo sé, pero sonaban sinceros. ¡Se la veía tan frágil y fuerte a la vez!
Mientras el viejo árbol, con su corteza surcada por los años, relataba su historia, cientos de pájaros habían ido acomodándose en sus hojas. Tras una pausa se oyó un piar ensordecedor y, después, de nuevo el silencio.
Fue el pequeño pajarito el que habló así:
―Mi querido amigo nos desplegaremos y la buscaremos por ti.
Dicho esto, alzaron el vuelo en las cuatro direcciones.
El árbol se sintió solo. Si hubiera podido llorar, habría llorado.

Dirk Morenweiser